DATE // 16 DE SEPTIEMBRE DE 2026
El coste invisible de la buena fe
Hay un perfil muy concreto de persona que confunde la educación con la debilidad y la lealtad con la servidumbre. Gente que normaliza recibir sin corresponder, que se acostumbra a que otros apaguen sus fuegos y que, en lugar de gratitud, desarrolla una extraña sensación de derecho sobre el tiempo y el esfuerzo ajeno.
Lo fascinante —y a la vez desalentador— de esta dinámica es la asimetría moral con la que operan. Son capaces de ignorar compromisos básicos durante meses, pero reaparecen con una exigencia desmedida al menor contratiempo, amplificando pequeñeces y buscando culpables externos para tapar sus propias carencias. La falta de respeto no siempre llega en forma de insulto directo; muchas veces se disfraza de indiferencia calculada, de favores dados por sentados y de una llamativa incapacidad para mirar más allá del propio ombligo.
Durante mucho tiempo he creído que la mejor respuesta ante la falta de reciprocidad era redoblar la profesionalidad y la paciencia. Error de cálculo. Hay personas a las que no se les puede ofrecer cintura, porque interpretan cada muestra de generosidad como una concesión permanente.
Madurar profesionalmente no consiste solo en resolver mejores problemas, sino en aprender a cerrar puertas sin dramatismo. Decir "basta", poner un punto final limpio y dejar que cada cual cargue con el peso de su propia mediocridad. La tranquilidad mental no se negocia, y la buena fe tiene un límite que nunca debería cruzarse dos veces.

